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SR. CONDUCTOR: SU MAMA PODRÍA ESTAR VIAJANDO….

 

Días pasados por esas cosas del aciago destino que no pude evitar, tome un transporte colectivo de cuyo número no quiero acordarme. (parafraseando al Quijote)

Una vez arriba del condenado artefacto, saltaron a mi vista algunas cosas que no pude ignorar, y de las que si me acuerdo. Y no es que nunca me suba a un transporte público. Lo que ocurrió es que en ese momento tenía en relativa calma mi alicaído cerebro, y me hallaba en un estado contemplativo de lucidez que Krishnamurti a mi lado era un vegetal.

En primer lugar me llamo la atención la inconmensurable altura del aparato. En su parte delantera nuestras cabezas se hallaban tan lejos del techo que su altura daba vértigo. Y aún en la trasera, el despeje sobre las cabezas de los usuarios era más que generoso.

Por más que pensé, no pude entender el porque de esta vocación catedralicia del citado transporte. Lo único que podría suponerse es que sus fabricantes y/o propietarios probablemente posean información anticipatoria privilegiada sobre el posible retorno de la moda de llevar los caballeros galera y las damas peinetón, como en la colonia, lo que no parece desatinado atento a que ya  en muchos sitios están volviendo a alumbrarse con velas. La moda es pendular che! y siempre ha sido notoria la voluntad de los esforzados transportistas por proporcionar las mejores comodidades a los pasajeros.

Otra opción podría ser que visto que el relajamiento de costumbres actual ha hecho cundir exponencialmente las confraternizaciones más o menos tramposas la altura del cubículo haya sido pensada para evitar incomodar a quienes de cualquier forma ostenten en su testa excrecencias óseas (vulgo cornamenta)

Y de la misma altura que el “cielorraso” son los ventanales. Probablemente con el loable propósito de que las líneas de transporte puedan acomodar a inmigrantes de las etnias o tribus “Wattusi” que como todos saben llegan a alcanzar unos casi dos metros y medio de altura, y así no tendrían que agacharse para discurrir hacia donde van o donde se hallan, lo que redundaría quizá en una mayor afluencia migratoria de estas personas por las facilidades otorgadas para mirar.

O tal vez porque como ya dije en algún artículo anterior, se está intentando que la gente aproveche el trayecto para tomar sol, lo que de seguro no puede hacer en otro momento por las obligaciones y requerimientos de la agitada vida actual. Así, ninguna falta hace que Ud. se arriesgue y gaste dinero en camas solares o en la costa o terraza beach. Un par de viajecitos en los días actuales, tórridos ellos, y al descender Ud. no será ya un pálido alfeñique, sino que lucirá un bronceado caribe que será la envidia de más de un  usuario del subte, que como se sabe lucen un color ambar pálido de dudosa salubridad, por no poder disfrutar de Febo como los afortunados usuarios de colectivos.

Más aún, si por esas casualidades el leviatán de marras no tiene – o no le funciona - el aire acondicionado Ud. podrá tostarse mientras simultáneamente toma un baño turco, todo junto por el mismo precio, lo que no es moco de pavo.

También llamo mi atención la variopinta disposición de los asientos, que por su complejidad nos aparta de la rutina conformista, y nos hace exprimir las neuronas, (una en mi caso) lo que sin costo adicional alguno nos provocará un crecimiento de la capacidad intelectual como enseñan las más modernas teorizaciones sobre el funcionamiento cerebral.

Órgano que no se usa se atrofia, y el cerebro no es la excepción y contrariamente se potencia al usarlo para poder decidir p.ej. en que asiento de un micro más o menos vacío nos sentaríamos. (En los que miran para atrás, los de uno sobre las ruedas delanteras, los enfrentados, los que son más altos por estar en la parte del medio para atrás, o directamente en los de atrás de todo, que son todavía más altos, y  sin pagar más, nos dan la sensación de viajar en una montaña rusa de diseño en serie los menos, o de cabalgar “doma style” un furioso cimarrón los más, cuando saltan en cada cuneta o lomo de burro, que son pasados al triple de la velocidad aconsejable como mínimo. 

Y ni que hablar de la emocionante resbalada que puede producirse si el atildado caballero de rancia estirpe  que “conduce” aplica los frenos con el estilo “parada de pánico”  de norma que usan en cada esquina. Si no aterriza haciendo “culipatín”como en Bariloche, uno puede divertirse sanamente al ser disparado como un hombre bala circense desde el último asiento, mientras en vuelo trata de adivinar a que señora gorda de la parte delantera va a caerle en el regazo.

(Párrafo aparte para los que tienen puerta atrás de todo. En este caso, el descenso de tal altura, como mínimo es emocionante, da mariposas en el estómago.) 

Y aquí llegamos al meollo, al riñón de la experiencia fantástica de estos viajes.

Algún iluminado burócrata de los que por suerte nunca faltan en ningún gobierno que se precie de democrático, vaya a saber con que intenciones “in pectore” (o en bolsa) pero esgrimiendo públicamente que fue para mejor, decidió que los transportes públicos tenían que tener una mejor relación peso-potencia. Para agilizar…vió? 

Basta de los viejos colectivos que más o menos se las arreglaban para circular por los andurriales de la gran aldea, con una razonable aceleración y frenos más o menos humanos, y un tamaño no demasiado grande.

No, no, no. Una aldea moderna, debía tener transportes veloces, que picaran y frenaran como un TC autóctono,  y de un tamaño mastodóntico acorde y que hiciera juego con sus prestaciones mecánicas.

No importó que tales moles pudieran atorar las angostas calles heredadas de la vieja Buenos Ayres de la colonia otrora hispánica. 

Tampoco importó que no fueran para transportar cosas, sino  personas. Y  las personas, vienen flacas, gordas, altas, bajas, y de todas las edades: párvulos, jóvenes rebeldes, maduros teñidos, vejetes venerables, etc, etc,.

Para peor, muchas deben viajar paradas, colgadas de altas manijas, en los angostos pasillos de las unidades, o a lo sumo agarradas a algunos de los coloridos barrotes verticales, (quedan haciendo “bandera” al acelerar) o medio sueltas como puedan en el sitio destinado a las sillas de ruedas.

Pues bien,  todos han visto que estas personas, son batidas de tal forma, que viajar parado en un colectivo, se convierte según algunos en una experiencia aterradora, ya que por su edad o falta de respuesta física, dicen se hallan  expuestos a golpes, caídas y lesiones ante sacudidas, aceleradas y frenadas impiadosas.

Según otros, tal vez no habría que hacerles caso, ya que se quejan de llenos, porque el bondi con sus sacudidas y movimientos es lo más parecido a un Gym pero gratuito, y uno si sobrevivió al viaje, si llega entero, baja en mejor estado físico del que subió. Y ni que hablar que si lleva leche, sin costo alguno puede bajar con un riquísimo pan de manteca casera.

Todo puede ser, pero en mi caso, el asunto me tiene medio harto. Yo quiero viajar bien, aunque sea parado. Si quisiera que me sacudan y me batan, iría a un parque de diversiones.

Probablemente a Ud. lector le pase más o menos lo mismo. Probablemente, como es verificable, le pasa a la mayoría.

¿Entonces, que se puede hacer para viajar como un ser humano?  Quejarse, accionar incluso judicialmente, para que se reglamente con que intensidad pueden acelerar y frenar los colectivos actuales.

 

Una vez establecidos los límites, no es difícil comprobarlos. Esto puede hacerse simplemente a través de controles GPS. Y aún más fácil.

Ya hace muchos años que para controlar las velocidades máximas de micros, se usa un tacómetro, que va dejando p. ej. en un disco de papel y aún digital, una inscripción de la velocidad que alcanza y mantiene el móvil en tiempo real.

En este caso, bastaría un simple acelerómetro y decelerómetro, que deje registrado con que intensidad se acelera y frena. Y sanciones a la línea y chofer que supere los límites máximos establecidos.

Es bien fácil. Sólo hay que querer hacerlo. Puede que algún funcionario capaz haya. Pero Ud. debe actuar, para ser oído. Y si fue perjudicado lleve a juicio a quien lo perjudicó.

No se queje si no se queja. Todo puede ser mejorado.

                        Hasta la próxima.

                     Dr. MIGUEL ANGEL CAMPOPIANO             

(doctorcampopiano@gmail.com)

 


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Clara Mente es integrante del Registro de Medios Vecinales de Comunicación de la Ciudad de Buenos Aires.

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