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                             ATARDECER Y GAVIOTAS

 

       De pronto, la tarde se ha vuelto ventosa, fría. La extensa playa, se ha quedado solitaria, todos han huido, solo está poblada por gaviotas de alas desplegada, graznando, festejándose en círculos. Nadie anda por les arenas removidas, como si hubiera habido una batalla. Las sillas ruedan llevadas por el viento, que ha irrumpido  intempestivamente. La gente huye descalza, termo en mano; toallas y lonetas son enroscados furiosamente en los médanos.

   Ella sigue allí, ensimismada, perdida su mirada en el horizonte negro; acaso está atenta a las voces que la llaman. Las carpas están vacías de carcajadas, música, revistas y cremas bronceadoras. Solo aúlla el viento y sus voces lejanas. No hay niños correteando, no hay muchachas tostándose al sol, no hay nadie a la vista. Las arañas de colores se han cerrado todas al unísono, con el primer redoble de tambores y el viento huracanado castiga con arena. Los enamorados no estarán hasta el anochecer para ver el astro en un incendio magnifico allí en el infinito. No hay nadie, solo ella y las voces que la llaman.

  El amor, la pasión, los arrumacos, el romance que dura lo que duran las

exaltadas vacaciones, el amor furtivo, ese, está escondido en los médanos prodigándose caricias, susurrándose ternuras al oído, las palabras que dicta  la piel, los sentidos encendidos, el deseo que solo se satisface con el roce, con la posesión de lo que se anhela. El cuerpo joven turgente, los músculos tensos, la boca árida, sedienta por la arena que el viento deposita en cada intersticio de la piel y el deseo.

   La mujer sigue allí, a orillas del mar, las olas lamen sus pies, sus tobillos, sacuden su pollera, la inflan cual globo. Luego, cae lamida y empapada desde arriba y la infinita masa líquida la inunda hasta la cintura.  Ve corceles blancos galopantes, furiosos, que murmuran,  la subyugan, la reclaman, vienen en su busca. La quieren allí donde todo es uno,  es nada, y es todo.

Finos hilos de fuego se apagan en un fúlmine y retumban los tambores descargando esa bendición, la lluvia. Copiosa, ofuscada por varios minutos, luego se calma. Por el oeste el astro dorado se pone en el horizonte, sus poderosas aspas traspasan la negrura que todo lo quiere invadir, pero no puede. Las gaviotas vuelan en bandadas, graznando. Una interminable caravana de buques que apenas se divisan por la bruma, imperturbables, esperan en el horizonte, turno para entrar al puerto. El faro se enciende, gira y gira, para que los gigantes iluminados no pierdan el rumbo.

    Dos figuras enlazadas, cabellos al viento, corriendo por la arena, la transportan a otros tiempos, maravillosos tiempos, cuando sentía el cosquilleo de la vida y unos ojos verdes la recorrían con ternura, con pasión que le encendían el corazón y la sangre. Cierra los ojos y traga el nudo. Sus lágrimas se confunden con los gotones que de inmediato vuelven a convertirse en lluvia torrencial que la obligan a abrirlos, un escalofrío la recorre, las olas golpean furiosamente  sus muslos, su ropa esta empapada; hunde con fuerza las manos en los bolsillos del largo gabán. Está oscuro,  debería volver.

     No hay manos que buscan las suyas para correr juntos, no hay manos que recojan sus cabellos, que recorran su rostro y su vida. La lluvia es furiosa. Detrás de los médanos sale rauda, la vida. Tomados de la mano, riendo felices, como ella en otros tiempos. Estos no son los suyos.

    Suya, es esta tarde, suya, la tormenta, suyas la inmensidad de la playa desierta, las gaviotas, las olas gigantescas que cabalgan en tropel, buscándola, llamándola, ellas sí, la toman de las manos invitándola a seguirlas. Oye voces lejanas que la llaman, insisten, insisten, ahora están más cerca.

    Las voces retumban en sus oídos, las oye con ojos empañados

   --¡Vamos, vamos!  ¡Ven, vamos!

   ¿Y si fuera en su busca? Allí tendría compañía, porque aquí, aquí… 

    Y sabe, que irá a su encuentro.

                                                                  Rosa Marafioti

 


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Reservados todos los derechos - Última actualización; sábado, 01 de julio de 2006

Clara Mente es integrante del Registro de Medios Vecinales de Comunicación de la Ciudad de Buenos Aires.

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