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COSAS DE GUAPOS

 

Excepto por su marcada inclinación a vestir de rosado, nada desmentía que Alejo Corrales era guapo. Y muy guapo. Capaz de ver todo un programa de Mauro Viale sin levantarse de la silla.

Aquella tarde, mientras mateaba en silencio en su piecita del conventillo, masticaba unos pensamientos. Le agradaba esta flor en particular. Alguna vez masticó claveles, pero los pensamientos le gustaban mas.

De pronto, una gota de la infusión cayó sobre la flamante moquette conformada por el diario del día prolijamente desparramado. Alejo Corrales, lanzó entonces una gruesa, retorcida maldición:

-La pucha...

Sabía que no le iba a ser fácil caer en el delito. Nunca lo había hecho. Su ofensa mas grave contra el orden público había consistido en gritarle al policía de la esquina “¡Vigilante, barriga picante!”, para enseguida huir a la carrera.

Pero los tiempos habían cambiado. Hoy mismo, por ejemplo, amaneció soleado y ahora estaba todo nublado. El pardo Torres intentaba convencerlo de asaltar un banco. Situación indi-rectamente apoyada por el dueño del convoy, quien había amenazado con echarlo de la pieza si no pagaba el alquiler.

Alejo Corrales esperaba al pardo Torres que, en ese momento, llamaba a su puerta. Sin esperar la invitación, el pardo Torres entró a la pieza mientras saludaba:

-Me imaginé que estaba mateando, por eso traje facturas.

Y colocó sobre el cajón de manzana que oficiaba de mesa una boleta de gas, otra de electricidad y una última de la tintorería de la esquina.

Como debe ser,  Alejo Corrales cedió su catre para que el pardo Torres se sentara. Los hombres se miraron brevemente a los ojos y luego cada cual se introdujo en sus propias cavila-ciones. El pardo Torres pensó que tenía que adelgazar: cada vez le costaba mas introducirse en sus propias cavilaciones.

-Estuve pensando lo suyo -dijo Alejo Corrales mientras le alcanzaba el mate. El pardo Torres esquivó la cabeza de Corrales.

-Prefiero el mate que tiene en las manos -comentó sarcástico.

Entre sorbo y sorbo, y mientras miraba al suelo, el pardó lanzó mordaz y tan artero como el ataque de una cobra, una pregunta aparentemente inocente pero teñida de agresividad:

-¿No se me habrá achicado?

Con un silbido apenas audible y a una velocidad que orillaba la barrera del sonido, seguro y arrogante, el cuchillo cruzó el espacio. En su trayectoria apenas si rozó la oreja derecha del pardo Torres, produciéndole una herida de 0,34 micrones, la cual liberó una invisible gotita de sangre, pero desprendió gran parte de la tierra que había en ella.  Por último, se clavó en la pared entre el equipo de Boca y la sonrisa de Gardel.

El pardo Torres no se amilanó. A pesar de haber vivido 13 años en Milán nunca pudo acostumbrarse a esa ciudad.

Lentamente levantó la cabeza y clavando su mirada en la del guapo Alejo Corrales, dijo suave pero firmemente: El mate está lavado.

-Asi es -convino Corrales- lo lavé para que estuviera presentable para usted.

Dicho esto, Corrales se encerró en sus pensamientos. Y el pardo Torres en el baño: el mate lavado hacía sus efectos.

Cuando salió, cuatro horas después, ya había anochecido. Garuaba sobre la ciudad y a lo lejos se escuchaba el silbato de una ronda policial.

-Estuve pensando lo suyo... -volvió a decir Alejo Corrales.

Precavido, esta vez el pardo Torres no hizo ningún comentario. Se limitó a acariciarse el estómago y a disimular unos sordos ruidos interiores.

-...y no va a poder ser -agregó Alejo Corrales una hora y cuarenta minutos mas tarde.

El pardo Torres, que odiaba estas conversaciones vertiginosas, se limitó a mirarlo inter-rogante.

Alejo Corrales bajó la vista y musitó dolorosamente:

-Es que en ese banco tiene sus ahorros mi viejita.

 


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Reservados todos los derechos - Última actualización; sábado, 01 de julio de 2006

Clara Mente es integrante del Registro de Medios Vecinales de Comunicación de la Ciudad de Buenos Aires.

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